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Archive for the ‘desnudo’ Category

Quién diga que el tamaño no importa, miente. Porque es evidente que el grandullón podría hacer maravillas con el cuerpo del más pequeño, que como se ve, llega a la altura justa para tenerlo contento.

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no sería tan tonto como para activar la opción “subida automática de fotografías” de la aplicación móvil de Facebook. Por lo que alega que un hacker se las ha robado

Fotos de Richard Barnes desnudo con Google+ automático. Echale la culpa al Hacker !

Richard Barnes desnudo

Nos puede pasar a cualquiera. Más a ciertas edades. Aunque Richard Barnes, ex teniente de alcalde de Londres durante la época de Boris Johnson, entre 2008 y 2012, y abiertamente gay, asegura que a sus 66 años, y tras 30 años en política, no sería tan tonto como para activar la opción “subida automática de fotografías” de la aplicación móvil de Facebook. Por lo que alega que un hacker se las ha robado, aunque las fotos aparecieron publicadas en su cuenta de Facebook, aparentemente por él mismo, o alguien en su nombre.

Las fotos demuestran que con 66 años todavía estaremos haciéndonos selfies cochinos para intentar conseguir rollete, sin pagar, preferiblemente. Y que los mayores tienen su sex appeal.

Comentario: No sé cómo funciona esa, pero yo tengo activada la de Google+ y se suben automáticamente a un álbum privado que yo solo puedo ver, y luego decidir si las comparto. Resulta que uso Google+ (antes Picasa Web Albums) para guardar todas mis fotografías y esa opción es super útil.

Inauguración del nuevo hotel La Puerta Negra en Buenos Aires

Inauguración del nuevo hotel La Puerta Negra en Buenos Aires.
Ven a visitarnos a partir del 1 de Junio del 2014

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REF: El Blog de Gabriel J. Martin
Desayuno desnudo con mi pareja

Desayuno desnudo con mi pareja

Somos tíos. Y, de nosotros, ya se sabe lo que se dice: que somos muy visuales. Que si nos fijamos mucho en el aspecto físico y que se nos seduce por los ojos (eso dicen). Pero es que, además, no somos tíos cualesquiera, sino gais.

Nosotros, además, tenemos muy entrenada nuestra capacidad de análisis visual. Desde muy pequeñitos, cada vez que entrábamos en cualquier espacio: zoooooom…, hacíamos el escaneo de los presentes y averiguábamos su actitud (y cómo nos tratarían) casi tan sólo con mirarles. Pensábamos: “-éste es el niñato que me pegará, éste el empollón que quiere ser amigo de todo el mundo porque nadie juega con él, ésta la típica niña que sólo está interesada en gustar a los chicos…”. De un vistazo, y con muy poco margen de error, sabíamos de qué iban los demás. A eso es a lo que yo llamo “tener entrenada la capacidad de lectura del lenguaje no verbal”. Así pues, hombres y, además, hombres con esa capacidad tan entrenada, es lógico que confiemos mucho en la información no verbal que nos llega de los demás. ¿Explica esto que le demos tanta importancia al aspecto físico? Sí… no, bueno… hace falta un poco más de análisis.

El aspecto físico de un gay es…

El aspecto físico de un gay es muchísimas cosas a la vez aunque, quizá, principalmente cuatro: un mecanismo compensatorio (para algunos), un elemento identitario (para muchos), un arma de cortejo (para casi todos) y un elemento descriptivo (del que no solemos ser conscientes).

1.       Un mecanismo compensatorio: Alan Downs, en su “The Velvet Rage” nos dice (p. 20) “…we decorate the world. We decorate our lives. We decorate our bodies. And we do it all in a effort to hide our real selves from the world. […] We specialize in makeovers of all types and sizes. We’re professionals in remodeling ugly truths in high-fashion dreams.” (“…decoramos el mundo. Decoramos nuestras vidas. Decoramos nuestros cuerpos. Y lo hacemos todo esforzándonos en esconder del mundo nuestros auténticos seres […] Nos especializamos en maquillajes de todo tipo y magnitud. Somos profesionales del remodelado de verdades incómodas para convertirlas en sueños de alta gama.”). Con ello, Downs muestra que, para muchos hombres gais, el aspecto físico funciona como mecanismo compensatorio de una vergüenza que aún sigue instalada en sus corazones. Digamos que un hombre gay con mucha homofobia interiorizada, alguien que todavía no ha sido capaz de superar el sentimiento de inferioridad con el que le hicieron crecer, siente la compulsión de mostrar una fachada maravillosa al mundo mediante la cual compensar la vergüenza que aún siente de ser ese “maricón de mierda” que le gritaban en la escuela de pequeño. Esa fachada puede incluir multitud de elementos que van desde una profesión aparentemente glamurosa, una cultura apabullante, saberlo todo sobre cine sueco o un cuerpo (o cutis, o vestuario) que deslumbre.

2.       Un elemento identitario. Si no había bastante con punks, rockers, heavies, mods, hipsters y góticos, los gais, además, añadimos un puñadito de tribus más al panorama. Tribus que, mira por dónde, basan gran parte de sus señas de identidad en el aspecto físico: bears, leathers, skins, twinks, musculocas y demás. Muchos hombres gais compartimentan su modo preferente de interactuación basándose en estos esquemas tribales hasta extremos realmente exagerados (“si no tienes barba, no te hablo” ¡tócate los huevos!). Cass, en su modelo sobre el proceso de asunción de la orientación sexual La odisea del gay, habla de la etapa de “tolerancia” donde uno acepta que es gay y comienza a relacionarse con otros hombres homosexuales. Al hacerlo, uno intenta conocerse a sí mismo a través de lo que aprende sobre la homosexualidad en lo hombres con los que se relaciona. Así, salir a la búsqueda de referentes en la “cultura gay” favorece que se repitan muchos comportamientos estereotipados (es el precio que se paga por encontrar referentes). Por ambas razones (la búsqueda de referentes y la inclusión de uno mismo en un grupo/tribu), el aspecto físico juega un papel que no debe soslayarse.

3.       Un arma de cortejo. Esa barbita de tres días, esa camisa bien desabotonada, tu brazo tan fuerte y ese tatuaje en un lugar indecente, muy probablemente ayuden a que otros hombres se sientan atraídos por ti. Las melenas largas de los leones, los puntos de color en las plumas del pavo real, los cuernos enormes de los ciervos, todos son elementos que ayudan al cortejo, ¿por qué iba a ser diferente en los seres humanos?

4.       Un elemento descriptivo. Como he apuntado en el inicio, tenemos muy entrenada la capacidad de análisis del lenguaje no verbal y eso influye mucho en la importancia que damos a nuestra imagen. Si con sólo mirar a alguien ya eres capaz de hacerte una idea bastante aproximada de cómo podría ser su personalidad, ¿qué no sucederá cada vez que te mires en el espejo? Si sientes que la imagen reflejada representa a tu personalidad, estupendo, pero si en lugar del hombre dinámico y alegre que sabes que eres, el espejo te devuelve la imagen de alguien serio y aburrido, es natural que sientas un conflicto entre lo que sabes que eres y lo que aparentas ser. Podríamos llamar “tener estilo” a que tu aspecto represente claramente tu personalidad. Así, digamos que es natural que, para hombres como nosotros (con esa habilidad tan entrenada), podamos percibir con facilidad la discordancia entre lo que somos y lo que aparentamos y que esa discordancia nos genere conflicto y malestar con nuestra imagen.

Ya sea como mecanismo compensatorio de la vergüenza, como elemento identitario, como arma de cortejo o como forma de expresión, el aspecto físico tiene más importancia psicológica de la que, a menudo, le otorgamos. El aspecto físico es una de nuestras dimensiones como seres humanos y es tan estúpido obviar su relevancia como el darle una importancia desmedida. En este sentido, el problema se produce cuando, como en el caso de actuar como mecanismo compensatorio, nuestra autoestima depende de nuestro aspecto. De ello hablaremos más adelante.

Hay cosas que no ponemos en valor.

Sería absurdo pensar que una comunidad como la de los hombres homosexuales, de la que formamos parte tantos y tantos millones de hombres con biografías tan diversas, con niveles educativos tan diversos, con aspiraciones, experiencias y vivencias tan diversas (etc.) sería una comunidad en la que todos tuviéramos gustos estéticos semejantes. Sin embargo hay quien se cree eso de que determinados modelos nos representan a todos (y a los gustos de todos) de manera que se frustran mucho si ellos mismos no encajan en ese perfil. Aquí cabe destacar dos errores fundamentales. El primero de estos errores tiene que ver con no cuestionarse las propias incongruencias. Te cabreas porque los demás consideran muy atractivo a un tipo de hombres … que es el mismo tipo de hombre que te pone palote a ti. Así que, el problema, tal vez sea más bien el darte cuenta de que tú mismo no eres como los hombres que te atraen. En ese caso, quizá sería bueno que le dieras un vistacillo a cómo anda tu autoestima para que puedas superar este conflicto tuyo. El otro error frecuente es creer que solamente determinado tipo de hombres son atractivos para los demás cuando la realidad es bastante diferente. No es algo que diga yo, muchos otros autores que trabajan con público gay lo reconocen. Joe Kort el autor de “Ten smart things a gay man can do” (traducido por “Diez consejos básicos para el hombre gay” de editorial Egales), dice (p.183): “En la comedia de humor absurdo El Ritz, el autor teatral gay Terrence McNail presenta un estereotipo muy popular en el mundo gay: el chubby-chaser. Alguien a quien conozco fue rechazado en una primera cita porque su relación altura-peso era demasiado proporcionada; el otro hombre le dijo: “Sólo me ponen los gorditos”. También está la comunidad bear, donde ser velludo y rudo es un rasgo muy valorado. Shan Carr, una humorista lesbiana que suele actuar sobre todo en locales gais, bromeaba en una ocasión diciendo que se sentía mal consigo misma comparándose con los gais. Están todos tan musculados, y mira cómo comen, decía. Y ahí estaba ella, con sobrepeso, picando cualquier cosa en un restaurante de comida rápida. Luego fue a una convención de bears y, al ver que había un montón de hombres que estaban incluso más gordos que ella, se puso a gritar de alegría: ¡voy a ponerme el bikini! ¡Por una vez, soy la maldita sílfide de la piscina! Incluso existen organizaciones para jóvenes a quienes les gustan los hombres mayores. ¡Una vez atendí a un hombre de 40 años que me confesó que ni siquiera se fijaba en un hombre que tuviera menos de 70! En nuestra cultura existe una gran diversidad. Sólo hay que salir para comprobarlo. Ciertamente, encontrar a alguien puede resultar difícil, pero eso puede que lo haga incluso más gratificante”.

Suelo decir que hay un mantra que debes repetirte una y otra vez: “Juan (o Jose, o Manuel, etc.): tú tienes tu público” ¡y sal a buscarlo! Porque no puedes caer en el error de pensar que solamente los que tienen una pinta determinada, podrían tener oportunidades para ligar. Tú, por muy específico que sea tu aspecto, seguro que tendrás hombres a los que gustar. Quizá no coincidáis en el “le gusto y me gusta” a la primera, pero sigue probando hasta gustarle (mucho) a alguien que también te guste (mucho).

Y es que ésta es una de las cosas de las que los gais deberíamos estar orgullosos y que deberíamos poner en valor: en esta comunidad, todo el mundo tiene su público y, frente a los clichés publicitarios, la realidad de nuestra comunidad es que el deseo sexual puede experimentarse hacia hombres de todo tipo y condición.

Tu autoestima, tu aspecto físico y tú: un par de preguntas.

Tu autoestima no es un elemento monolítico sino que está formada por varias áreas que, juntas, contribuyen a que sientas respeto por ti mismo, que te sientas valioso, que te consideres alguien digno. Hay mucho escrito sobre la autoestima (basta con ver la entrada de este término en la wikipedia) pero nos basta con la división cuádruple que suelo emplear: autoconcepto, autorreforzamiento, autoeficacia e imagen.

  1. El autoconcepto es la idea que te has formado acerca de quién eres.
  2. El autorreforzamiento tiene que ver con los premios y castigos que tú mismo te administras, con las cosas buenas o malas que crees merecer.
  3. La autoeficacia se refiere a tu convicción acerca de tu capacidad (o incapacidad) para llevar a cabo determinadas tareas o desenvolverte bien (o mal) en determinados ámbitos.
  4. La imagen personal tiene que ver con tu aspecto físico y si éste es valorado por ti y por quienes te rodean.

La primera pregunta que debes hacerte es: ¿de todo esto, lo más importante es mi imagen? O, de otra manera: ¿mi imagen es más importante que todo lo que soy, todo lo que sé, todo lo que puedo hacer? Todo el mundo contesta: “¡no!” a esta pregunta pero, lamentablemente, no siempre pueden seguir manteniéndolo cuando indagas y resulta que dedican una enorme cantidad de esfuerzos prioritarios a mantener una estética. Su asistencia al gimnasio va mucho más allá del mantenerse en forma (y seguir siendo capaz de correr durante media hora), especialmente cuando comienzan con dietas hiperprotéicas (y complementadas con potingues varios de esos que te acaban perjudicando el hígado) para tener una musculación bien visible. Eso por no hablar de cuando usan esteroides que les ponen en riesgo el funcionamiento de sus testículos o el hematocrito. Luego están los que sólo saben dedicar horas a la peluquería, la depilación y al ir de compras para estar “a la moda”. Si eres capaz de cualquiera de estas cosas y caes en una situación de desequilibrio, hazte un favor y no te mientas: de entre todos los elementos de tu autoestima, tu imagen personal es tu prioridad y, por tanto el más importante para ti.

En ese caso, la segunda pregunta a hacerse sería: ¿qué es lo que piensas acerca de ti mismo si resulta que tu aspecto físico es más importante que todas las demás cosas de tu persona? Porque, si lo que recibes a costa de tener un aspecto físico determinado es mejor que lo que recibes  (por ejemplo) de tus relaciones sociales, quizá tenemos un problema ya que, (tercera pregunta): ¿te has dado cuenta de que das la mayor importancia a, precisamente, lo más cambiante e impermanente que tienes? ¿Te has dado cuenta de que sólo lo puedes mantener en forma óptima a costa de enormes esfuerzos? Ten poderío .

          Cuando nuestra autoestima ha estado tan tocada a lo largo de los años, muchos de nosotros desarrollamos una estrategia de gratificación y refuerzo basada en el sexo. Cada ligue se convierte en el azucarillo con el que nos premiamos a nosotros mismos. En realidad, no estaría nada mal siempre que hubieran otras áreas de gratificación en nuestras vidas. De hecho el problema se produce, precisamente, si no hay otras áreas de gratificación en nuestras vidas ya que es, entonces, cuando el aspecto físico y las gratificaciones que éste nos proporciona mediante el ligoteo, se convierten en un hándicap… como le sucedió a un paciente mío que, afortunadamente, lo supo reconducir.

Él llegó a mi consulta un martes por la tarde y me dijo que venía porque tenía problemas para ligar y que eso le generaba mucha ansiedad y miedo a la soledad. Era un hombre guapo, con unos ojos preciosos y se notaba que hacía ejercicio aunque sin llegar a ser un modelo. Lo primero que hice fue evaluar su red social:

–   Ah, bien, tengo muchos amigos.
–   Guay… ¿qué habéis hecho este fin de semana?
–    Bueno … no, nada. Es que mi mejor amiga está trabajando en Argentina… y tengo una pareja de amigos que ya no los veo tanto como antes y…
–    ¿Y qué hicisteis el finde anterior?
–    No, bueno, en casa viendo series.
–    Bueno… ¿y el fin de semana anterior al anterior?
–    Salí … salí solo y di una vuelta el sábado por la noche. Pero no ligué…

Empezamos bien (pensé). Trabajamos varios meses sobre una “verdad como un templo”: si no tienes una buena red social, es normal que estés obsesionado con echarte novio para paliar esa soledad. Sin buenos amigos, te desesperas por tener novio.

Este hombre recuperó amistades, hizo cenas en casa, quedó para el cine, salió de copas acompañado, fue de excursión… y, una tarde, llegó exultante a mi consulta:

–  Gabriel, ¡estoy muy contento!
–  ¿Y eso? Jejejeje, ¡qué bien!

Entonces me contó que ese fin de semana lo había pasado con aquella pareja de amigos, que habían ido los tres a un pueblo del interior donde estuvieron alojados en una casa rural con todos los lujos. Habían estado de ruta cultural, spa, buen comer, buen dormir… al día siguiente (el domingo) habían estado de paella en el puerto olímpico y luego fueron a un local de ambiente que abre temprano. Entonces, mi paciente:

Yo estaba tan relajado, tan tranquilo… mi autoestima ya no depende de ligar o no. Mi autoestima viene de relacionarme bien con la gente que me importa, de saber que soy un buen profesional, un buen hombre, un buen amigo. Estaba tan a gusto después de estar con mis amigos en la escapada al pueblo y la paella al solecito… que me daba igual que un desconocido me dijera “sí” o “no”. Así que me dediqué a saludar a todo el que entraba por la puerta del local. Les saludaba, me contestaban, les preguntaba el nombre, me presentaba, les daba conversación… como no era (ya) una cuestión de vida o muerte para mí y me daba igual su respuesta, me atrevía con todo y con todos. Que me contestaban bien, estupendo. Que me contestaban mal, estupendo, ¡todo era estupendo! Yo me repetía siempre “fulanito, tú tienes tu público”.  Y, claro, yo estaba tan simpático y tan relajado, que los chicos me daban conversación, se tomaban algo conmigo… hasta que apareció él y, bueno, desde el primer momento hubo atracción: conversamos y no me corté un pelo para preguntarle si quería venir a mi casa y… buf, ¡tembló el edificio del polvazo que echamos!

Hablamos de las claves de su éxito, que no fueron otras que su autoestima (que ya no dependía de la aprobación por parte de sus ligues esporádicos sino de aquello que debía depender), su tranquilidad (que provenía de saber que un ligue esporádico no era un asunto de vida o muerte y de saber que siempre hay alguien a quien le gustarás) y de que, su autoestima y su tranquilidad, enviaban señales no verbales que los demás interpretaban positivamente y que hacían que quisieran acercarse a él (“un hombre que se ve tan seguro de sí mismo, debe ser un hombre que merezca la pena“).

          Y este es el “truco”, quiérete, cuida tu autoestima y veras que –al final- tú también encontrarás hombres interesados en ti. Quizá no ligues velozmente pero, desde luego, ligarás. Curioso, ¿verdad?: tanto esfuerzo para potenciar el ligue como herramienta para mejorar nuestra autoestima y, al final, resulta que la autoestima es la mejor herramienta para mejorar nuestra capacidad de ligar. Curioso, muy curioso… ¿verdad que sí? Pues de eso se trata, de tener “poderío”: la autoestima alta y “arte” para relacionarse. No te hará falta más.

Rebélate, maricón.

Al final, ¿te has dado cuenta de que si no te ves “guapo según los clichés” te sientes inseguro y que, si te sientes inseguro, no podrás mantener una conversación interesante o no serás capaz de hacer propuestas cachondas para un buen rato de cama porque no te encuentras sexy? ¿Te das cuenta de que un cliché te está limitando cuando ese cliché es lo último que importa?

Tu aspecto físico puede que sea lo primero que vean los demás pero será lo último que ayudará a que mantengas una relación con alguien que merezca la pena. Es paradójico que lo primero que se ve resulte ser lo último que verdaderamente importe. Pero también es cierto que tú mismo puedes estar colaborando en mantener círculos viciosos. Si te quejas de que “todos los gais son iguales porque todos se fijan nada más que en el físico” probablemente tú también tengas un problema porque (a) tú mismo sólo te fijes en esos que “van de guapos y buscan guapos” cosa que significa que (b) tanta experiencia en la vida no te ha servido para nada porque (b1) sigues buscando al mismo tipo de hombre y (b2) no has aprendido a detectarlos y alejarte de ellos rápidamente. Puedes negarlo toda las veces que quieres pero, si te sigue pasando, es –obligatoriamente- porque tú sigues haciendo algo mal. Si “todos” aparentemente buscan la guapura, ¿por qué no eres más listo tú y buscas a los que tienen algo más?

Una amiga, Nuria (muy sabia ella), pasaba calvarios para poder bajar de peso (siempre estuvo en la franja del sobrepeso) y le creaba mucha inseguridad con los hombres verse gorda. Hasta que, un día, harta de privaciones que le servían sólo para bajar un par de kilos, se preguntó a sí misma: “- Nuria, ¿tu querrías un hombre a tu lado al que sólo le gustases estando delgada?”. Como ella es una mujer inteligente, se contestó a sí misma “no, ¡claro!”. Y decidió que iba a ser ella misma y quien no la encontrase atractiva, estaría filtrado como un “tú no me mereces la pena”. Hoy ya no está obsesionada con sólo vestir una talla determinada, lleva más de una década siendo muy feliz con su marido y tienen dos hijas para comérselas (y su propia empresa, una casa en el campo, un montón de amigos, proyectos…).

Pero no sólo te animo a que cuestiones los clichés si (supuestamente) van en tu contra. También te animo a que lo hagas incluso si los demás te consideran atractivo, y te explico porqué. Cada vez que alguien me dice “¡qué guapo eres!” y se queda ahí, me pongo de mala leche. No me refiero a cuando alguien me hace un cumplido, sino a cuando repite una y otra vez lo mismo y cree que así conseguirá algo conmigo sin molestarse en conocerme algo más en profundidad. Ante hombres así, no sé para qué habré recorrido tanto mundo, ni para qué habré estudiado tanto a lo largo de mi vida. Ni para qué habré aprendido a escuchar a los demás o a superar adversidades. Cada vez que siento que alguien me valora solamente por mi aspecto físico, me cabreo y me dan ganas de no volver a hablarme con él. Ni siquiera para follar lo quiero porque, si sólo es capaz de ver lo aparente, debe ser un soso de cojones en la cama. Te propongo que hagas tú lo mismo. Si alguien sólo sabe valorarte por el aspecto exterior y no se molesta en abrir el “precioso envoltorio” para ver que dentro hay algo todavía mejor, ¿para qué molestarte tú en perder tu tiempo con él? Al fin y al cabo, es probable que se trate de alguien que quiera remendar su propia autoestima cazando a alguien de quien sólo parece importarle que “es guapo” (¿para lucirlo?).

Alguien tiene que dar el primer paso para romper este círculo y si lo das tú, habrás ganado el elemento sorpresa que te pone por delante de los demás. La próxima vez que alguien te diga que eres muy atractivo, contéstale con algo así como “– yo no soy un ¡qué guapo!, yo soy un ¡y, además, te cuidas!”. Porque sí que te cuidas y te gusta verte mono y llevar ropa bonita. Porque cuidarse es una forma de gratificarse así como también lo es dedicar dinero a comprarte ropa que te sienta bien: ¡te lo mereces! Eso es autorreforzamiento: premiarte y comprarte una colonia que te gusta o regalarte un tratamiento facial, o un buen corte de pelo, o una chaqueta preciosa. Pero no lo haces para parecer guapo ni para estar sexi. Lo haces como premio por lo buen tío que sabes que eres… ¡y aquí está la diferencia! Primero sabes que eres buena persona, que tienes valores y un mundo interno inmenso para compartir. Y, secundario a ello, te premias con ropa que destaca tu figura o con sesiones de deporte que te hacen estar más ágil (y, de paso, sexi). O lo haces para tener una piel sana… o para que tu aspecto sea un escaparate exacto de tu personalidad. Pero jamás serás un “qué bien viste pero sin nada por dentro”.

Huye de los que sólo te miran por fuera por mucho que lo de fuera tuyo sea realmente atractivo. Quien te juzga exclusivamente por tus pintas tanto si es para echarte de su lado como para pedirte una oportunidad de acostarse contigo, es gente que no sabe (o no quiere) ir a conocer a la persona. Y quien no quiere (o no sabe) acercarse a una persona para conocerla, no suele ser gente de fiar (te lo aseguro).

Cuídate porque te quieres y quiérete mucho (pero mucho), maricón.
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